miércoles, 1 de abril de 2015

Arriésgate a decirme



   
  Arriésgate a decirme
  tu silencio, el temblor
  lo que escriben tus hojas
  el desvarío
  de las ultimas páginas que
  nunca tocaron la fantasía
  del verso, la flauta dolorosa 
  y el abisal de pies desnudos
  caminante del ensueño
  de una tierra altiva, indetenible.
   
  Arriésgate a decirme,
  el lamento del viento,
  el lamento del uvero y sus botellas vacías
  derramadas por la melancolía 
  noches desandadas de vinos
  tambores de piel y mar.
   
  Arriésgate a decirme
  con el anverso de tus labios
  deseados.
  Noche arrogante 
  de traje blanco 
  y dolor antiguo
  el abrazo del canto 
  la lluvia atisbada de versos.
   
  Arriésgate a decirme
  con tu cuerpo
  la lluvia acorazada
  las limosnas de sinfonía nocturna
  que aquieta con su llanto
  el hermoso paso de tus ojos
  los muros altos de nostalgia 
  las voces levantadas con quebranto
   
  Arriésgate a decirme
  a desnudar el camino lento y febril
   
  y aún no me dices nada...
   
  Luis Gilberto Caraballo

  Texto del poemario "Es tiempo de volver" 2006

sábado, 6 de octubre de 2012

Siempre la Casa Infinita I


              I

 

           En el ápice del alarido,
              el alma se rasga en infinita
              eyaculación
 
              Cesar Dávila Andrade

 

Creía que la casa
 estaba dentro de mí.

Buscaba,
 un refugio
 ante tanto asombro y desnudez

Esos números indescifrables
 y hermosos, contagian
apegan con su calidez
por ellos se evocan distancias infinitas.


Y mi tiempo,
  lo que creí haber hecho
eran  simples recuerdos en un marasmo del alma.


La casa,
 mi yo,
 mi silencio
 y la ternura.

Eran sus paredes,
 rayadas de cuentos,
 ecos de animales imaginarios,
fantasmas y regocijos.

 Impresos los versos de las noches en la sala,
 calcan  la bóveda semi desnuda,
 entre helechos,
un hermoso cuadro de sombras y luces
presencias e historias.

 Me llenaron,
como una aventura del ojo,
que se entreabre,
para distanciarse de su mirada y
 busca en las rendijas.

Los caminos vagan,
se soportan sobre sí, solos,
y  no necesitan que los vean para existir.

A su lado permanecía aquel de quien yo creía ser.

Números, abstracciones,
elipsis inconclusas que no me explican mucho.
Me llenan de abundancias, inexactas elucidaciones,
 de una mezcla de magia y tragedia.

Me sacan del infinito,
 del circo imaginario con sus jirafas y los acróbatas más altos
colgados de su mirar hilan mi infancia y,
la desnudez de la noche bajo su carpa agolpa.

Cuando ya había completado la imagen
alguien asoma que había dejado por fuera un cero
y nada más sacro que el temblor
el escrutar. Ir al inicio
de dónde lo tomé.

Que más preciso e inexacto
oscuro y limpio
 el mundo con sus series de números, desconocidas,
habitadas de astros y cajas
  con una luz rosada naranja.

¿ Adónde ubico aquella hermosa figura- la madre del tiempo
de labios delgados y  manos de arcillas?

¿ En cuál de tantos números
su boca seguirá siendo un altar de sueños?
Y no hay quien  diga acerca de su olor a soledad.
Pero, si el cero no añade, ni quita.

Ya no es igual; su quietud,
el silencio viene de ahí
de dos labios que se equilibran
 en desalojo con una sonrisa dubitativa,
de un origen sin memoria

Ahora soy,
 más que un escrutador de algebras,
escondidas tras la arritmia del alma
 gotea  parca
con elementales nostalgias.

Que no llegue a ver su arquitectura,
a desatar el torrente de una mirada,
    la geometría del cuarzo
con hipérbole de la noche.

¿Y quién entonces nos soporta cuando nada ha empezado?

El cero nos inicia aunque duela

Siempre la Casa infinita


Siempre la casa infinita                                             A la Tapiola

 

Siempre
  creí haber vivido en la misma casa,
 en el jardín de allende,
 con la única noche,
y el concierto territorial
  que demarcan los instintos
 de los grillos viejos, agrandados
 por su meditar en el anochecer.

 Recuerdo haber  repasado
 junto a ellos,
 lecturas meticulosas
 de las hojas limpias e iluminadas
 por la esbelta luna que amarillea las palmeras.

 Desembocan
hacia la montaña revestida
 por un lirismo de  árboles verdosos
 que dan los tonos del arpa remota de su boscaje.

De esa montaña
  resuena en mí su manantial,
 un eco suave en la noche
 transmontada del rito habitado.

 La boca y ojales
 de las narices de los caballos sedientos
 al detener su galope,
 para sorber de él y contener su agotamiento,
 y así reanudar su paso
 con el cuello alzado.

 Libélulas se alzan armoniosamente
  y pausadas dialogan
 con su vuelo
 de monólogos elegantes,
 tejiendo siluetas,
 armando aviones y juguetes imaginarios.

 Mariposas nocturnas
 se apostan
 como prendedores
 sobre  faroles y troncos,
 junto a las ranas
insinuantes de dolencias y alegrías.

 Una de ellas repetía
 un cuento,
 cuando se posaba
 alguna ave de cierto tamaño
 en el ramaje.

 Recuerdo que canturreaba
una tonada de escala espaciada
 como si temblara
 ante su presencia,
y necesitase
 cortejarla
para hacerla suya;
 le daba una bienvenida azul.

 Era amoroso su canto,
 algo escondido
 y las aves le respondían
 con un silencio misterioso.

 Ella podía calmarse,
 deleitarse en paz
 y devolver su tono rítmico
 al craquear en la noche.

 En esos árboles quedaron
 las ardillas trepadas a los refugios,
 tenían ojos temerosos y ágiles.

 Acompañadas de búhos
 con sus esculturales quietudes
 de relojes de plaza
 y una exactitud métrica en su espejo.


 Siempre  creí,
  haber vivido
 en la misma casa infinita
 de puertas y una serie en mi memoria.

 Me produce dulzura, goce,
 y estas tallan bajo las paredes su universo.

 Me acuestan cerca,
 muy cerca de quien yo creo ser
 y oyen el murmurar del manantial,
 brotar con tonalidades bíblicos
 desde lo más profundo de una tierra
 en la cual me hice hombre.

sábado, 7 de junio de 2008

El mar distante

El mar distante
trae olas recubiertas de luces naranjas
huele a frutos, a atardeceres.
Se calma la sed, de tanto ver el horizonte agolpándose en los ojos despiertos.
Lejano,
busca el sueño del verano como un mástil hincado en el mar.
Las olas, recorren con carretes en su lomo
tras su memoria;
unos de brisa fría,
y otros que llevan un cálido abrazo
con el fuego aderezado en sus entrañas.
Es Enero en Margarita,
y no para el cielo de cegarse
de nublar, acaece una lluvia helada con su relato cinético,
que nos quita el deseo de
yacer bajo el sol.
Al rato se aviva con su luz azul, es Enero en la Isla.
Entra la tarde y aún se respira lluvia
Hay algunos silencios,
esperando
a los secretos nocturnos.
Ya,
es de noche,
y la búsqueda se copa
de luces incansables, desaparecen las nubes.
Se agita el alma entre los barcos que están a la espera,
el mar rompe incesante,
huele a frutos, y ronda la música.
Sobre los pies descubiertos en la arena húmeda
se avivan los ojos buscando el ritmo,
la noche muestra su rostro de magia.
Las perlas cantan luces blancas
en los cuellos que danzan junto al oleaje,
en Playa el Agua al son del Caribe.
La noche lleva dentro de sí,
en su abismo secreto y luminoso
un semblante ebrio;
alberga al amor encendido.

Por ello

Ese día aterrizamos
con la vida anudada en la boca
y sentimos que se nos iba la noche.
Ese era el abismo de haber tenido tanto.
Como si en un suspiro supiera que el día
había estado siempre en mi aliento.
Y que había tanto en su luz de guitarra inadvertida.
Y recordaba las voces
se reían como sonidos alegres de pájaros,
cantando un recuento de olvidos y muertes,
vagando en los trenes de la memoria.
Como si tuviera un cementerio
de canciones hermosas esperando,
a que alguien las oyera,
como si entre tanto y tanto.
Solo quedase un vacío de laberintos coralinos,
un museo intacto, el cual se visita,
o se mira con ojos balbuceantes,
como si todo ello nos fuese ajeno
cuando alguna vez decidamos, y sí es que así lo hiciéramos,
detenernos.
La tarde nos mece con el canturreo del viento,
con ese sigiloso estreñimiento de juegos y podas de caminos.
Y qué era entonces lo realmente vital en nosotros?
De tanto atisbar el tiempo,
de tanto medir los pasos
y estrechar la mente,
reducir el canal del río interno
se nos pasa,
se va delineando una historia incompleta.
En ese instante fuimos
rebosados por el aterrizaje abrupto
pude presentir que había dejado de estar,
solo habíamos pasado temporadas.
Mientras ahora,
era el tiempo nos daba cuenta,
se había fugado bajo la luna
y había nubes paseando con su flauta lúdica.
También hubo lluvia
y voces de amigos andando por los andenes de la vida.
Había en fin una parada,
para ver que aunque pasamos muchas estaciones
y se nos extravió el oleaje,
el barco permanecía navegando,
tan solo eso, entre nosotros.
Ahí estamos parados frente a nosotros viéndonos, aterrizar forzados,
con el mundo apretado en la boca
abismados,
y ahora no sé si era de ver nuestro recorrido.
Por ello,
y por más,
aún vivo.

jueves, 17 de enero de 2008

Carta

A nuestro amor de una noche infinita, a la noche de siempre al encontrarme en la catedral de tu mirar

Para aquellos días donde me guardas en tu cofre y llevo el goce adentro en mi pecho y el saber que existo aderezado por tu sonrisa de nube blanca y caudal de niña amorosa.

Hoy quise, como todos los días adentrarme en tu mirada, en la ternura de tus ultimas palabras, cuando apenas bajas, y se hincha en mi la noche la luna tiene manchas por las horas del comienzo, del estar pensando en tus versos

Para ti, por tus versos de elevadas noches

Hay amores que nos llegan
con los días,
con ternura en los ojos
nos hacen jadear,
recordar la bahía
donde las ballenas pecan
y cuentan los hallazgos
más profundos del alma.
Se tocan
con sus olores de cuarto único,
sábanas de sueños
y una luz azulada
se amasija con la luna elíptica,
y la bicicleta
que nos compramos con la mirada
del niño cuando
volaba aviones con su estatura
pura
y llevaba en sus bolsillos
el día entero,
el mundo
y respiraba los versos,
junto a la lámpara quieta.

Hay amores que nos hacen extrañar
que vivimos aún en
nuestros pasos perdidos
en la búsqueda de unos labios
de canciones y noches.
Estos andan en las cúspides
y alguna vez nos atrevemos
nos dejamos
y quisiéramos no separarnos
abrazados en soledad
tenerlos en silencio, en secreto
con la ola suave que murmura el aliento
de la ballena del sueño,
cuando reposa del viaje
al atravesar el laberinto,
el océano de la memoria,
de la vida, de su quietud
y sube con burbujas sobre su lomo
la mirada de una proa de agua solitaria,
barco que busca
su amor perdido

Hay amores
que nos esconden de nosotros
y sacan la ternura sobre la boca
con palabras indecibles,
calladas
gimen
El atrevernos a volver
a la bahía
a la noche

Andar sobre aquella torre de porcelana
sobre lo oculto de nosotros
y andar en su marea.

Hasta alcanzar besar, domesticar el semblante de muchas paredes y miedos
Cuando al sabernos descubiertos con la luna en los ojos, recorriendo con los dedos las siluetas te encuentro, como una azucena en su aroma, en una fragancia donde sé que al día siguiente continuaremos en el viaje, en el río, que nos baña y nos limpia las heridas, las culpas de tanto andar en soledad, empeñados, haciéndonos, hasta el fin del beso eterno.

Luis Gilberto Caraballo